El desembarco que lo cambia todo
En el centro de la programación está la recreación del desembarco de las tropas de Jaume I en la costa de Santa Ponça en 1229. Esa escena, que da sentido al conjunto de las fiestas, se ha convertido en uno de los momentos más esperados por residentes y visitantes. No se trata solo de ver una representación, sino de participar en una narración colectiva que da forma al pasado a través de la calle, la playa y los espacios donde se concentran las colles.
La recreación histórica culmina con los enfrentamientos entre moros y cristianos, interpretados por agrupaciones formadas por vecinos y vecinas del término municipal. Esa participación local es una de las señas de identidad de la fiesta: la historia no se cuenta desde fuera, sino desde quienes habitan el municipio y la hacen suya cada año. El simulacro del desembarco en la Cruz de Santa Ponça y la gran batalla final en la playa son los dos hitos más reconocibles del programa, y ambos condensan el tono de la celebración, que combina teatralidad, memoria y una energía muy coral.
A partir de ahí, la fiesta avanza entre desfiles, campamentos y actos protocolarios que refuerzan el relato histórico. La Pinada se convierte en uno de los puntos de referencia, con el montaje de los campamentos como parte de una escenografía que da contexto a la recreación. Todo ello sucede en un clima abierto, pensado para que la celebración no quede encerrada en un solo ritual, sino que se despliegue en varios planos y a distintas horas del día.
Colles, estandartes y personajes que dan cuerpo a la celebración
Si estas fiestas funcionan, es en buena medida por la fuerza de las colles. Son ellas las que sostienen el carácter participativo del programa y las que convierten la conmemoración en una experiencia compartida. Vecinos y vecinas del municipio se integran en grupos que desfilan, representan, acompañan y dan continuidad a una tradición que no depende solo de la organización institucional, sino de una implicación ciudadana muy visible.
Con el paso de los años, la fiesta ha desarrollado también una imaginaria propia. Entre sus elementos más reconocibles están los cabezudos creados por Carles Gomis, que inicialmente representaban al rey Jaime I y a un caballero Moncada. Más tarde, tras la creación del gigante del Rei En Jaume, pasaron a identificarse como dos caballeros Moncada. En 1995 se sumaron tres caballeros cristianos con sus caballos de cartón piedra, y en 1997 aparecieron otros tres caballeros sarracenos realizados por Vicente Alberola. Ese mismo año se les dio nombre, tomando referencias de la historia escrita sobre la conquista de Mallorca.
También en 1999 se construyeron los gigantes que representan al Rei En Jaume I y a la reina Violante de Hungría, con vestuario diseñado según el estilo de la época. Hoy forman parte del imaginario visual de la fiesta y acompañan desfiles y encuentros. Junto a ellos, el casco del Rei En Jaume, con forma de grifo, se ha convertido en símbolo de la celebración. Los estandartes, que representan los escudos de los nobles que participaron en la conquista, identifican a las diferentes colles y refuerzan el vínculo entre heráldica, historia y fiesta popular.
Gigantes, música y baile para una tradición viva
Uno de los rasgos más singulares de estas fiestas es la atención a la cultura popular creada alrededor de la celebración. No todo se limita a la recreación histórica: también hay un trabajo artístico que ha ido dando forma a músicas, bailes y piezas propias. Esa capa creativa explica por qué la fiesta tiene una personalidad tan reconocible y por qué, más allá del calendario, ha generado un repertorio cultural que se ha conservado y reelaborado con el tiempo.
Entre las composiciones más destacadas figuran el himno de Abu Yahya, la música de los gigantes y caballeros y la música del baile de los escamots, todas ellas firmadas por el músico calvianer Pep Toni Rubio. A ello se suma el poema sinfónico La joia en el si de la mar, vinculado a la adaptación que Bartomeu Ignasi Oliver hizo en 1999 del Llibre dels Feits bajo el título Una joia en el si de la mar. Aquella obra se representó durante las fiestas con artistas aficionados de Calvià, música en directo de la Banda Municipal y narradores que cantaban y comentaban la acción. En 2000 volvió a representarse, y después pasó a mantenerse en formato musical con la interpretación de la banda y los narradores.
Los bailes también forman parte esencial del conjunto. El de los gigantes fue diseñado por sus propios creadores y luego adoptado por los jóvenes geganters. El de los caballeros, por su parte, fue creado por Antonia Rubio a partir de los puntos básicos del baile popular mallorquín y desarrolla un simulacro de lucha al ritmo de la música. Esa combinación de danza, música e imaginería no es decorativa: es el modo en que la fiesta se mantiene viva y reconocible año tras año.
Mercado medieval, deporte y actividades para todos los públicos
Junto a la parte más histórica, las Festes del rei En Jaume despliegan un programa amplio que hace que la experiencia no se agote en la recreación del desembarco. Durante unos diez días, Santa Ponça se llena de propuestas para todos los públicos, y ahí es donde el conjunto adquiere una dimensión más abierta. El mercado medieval aporta ambiente y paseo, mientras que el tradicional encuentro y baile de gigantes da continuidad a una de las imágenes más queridas de la fiesta.
A ese bloque se suman actividades infantiles, que amplían el alcance de la celebración y la convierten en un plan pensado también para familias. La programación incluye además pruebas deportivas como la Regata Rei En Jaume y la travesía a nado, dos citas que conectan la fiesta con el mar y con una manera muy local de vivir el final del verano. No es casual que aparezcan aquí: el relato del desembarco y la presencia de Santa Ponça junto a la costa hacen que el componente deportivo encaje con naturalidad en el conjunto.
La mezcla de ocio, cultura y tradición es una de las grandes bazas de estas jornadas. Quien se acerque no encontrará una sola actividad aislada, sino un itinerario de actos que se van encadenando y que permiten asistir a la fiesta desde distintos ángulos. ¿Prefieres el ambiente del mercado, la solemnidad del acto histórico o el pulso más familiar de los encuentros de gigantes? La programación deja espacio para todo ello sin perder coherencia.
Correfoc, música y cierre con fuegos artificiales
Cuando cae la noche, la fiesta cambia de tono y se vuelve más intensa. Las noches de música y fuego forman parte del atractivo de estas jornadas y llevan el programa hacia uno de sus momentos más reconocibles, el correfoc. Esa combinación de chispas, ritmo y participación colectiva encaja con la tradición festiva mallorquina y añade un registro diferente al relato histórico de la mañana o de la tarde.
El programa culmina con los fuegos artificiales, un cierre que concentra buena parte de la expectación de los últimos días. Antes de llegar a ese punto, la fiesta ha pasado por desfiles, recreaciones, encuentros populares y propuestas pensadas para públicos diversos, de modo que el final no se siente como un simple remate, sino como la última pieza de un conjunto muy trabajado. En ese tránsito entre el día y la noche se resume buena parte de la personalidad de las Festes del rei En Jaume: memoria, calle, participación y celebración compartida.
Para consultar el programa completo, las bases de la convocatoria de subvenciones para gastos de las colles de 2026 y la información oficial sobre la fiesta, el Ayuntamiento de Calvià mantiene actualizada su página de las Festes del rei En Jaume. Allí se concentra la información institucional de una celebración que, con cada edición, sigue enlazando historia local y vida cotidiana con una naturalidad que pocas fiestas consiguen mantener.
En una isla donde el calendario veraniego suele ir cargado de propuestas, estas jornadas ocupan un lugar propio por la manera en que convierten la memoria en participación. Santa Ponça no representa solo un episodio del pasado, sino una forma de entender la fiesta como patrimonio compartido, con colles, música y símbolos que ya forman parte de la identidad de Calvià.